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La crisis climática y la ciencia (que no es neutral)

Actualizado: ago 18

Por Eduardo Giesen

Los incendios de septiembre de 2020 afectaron fuertemente a la aldea ka'a kyr en la Tierra Indígena Alto Río Guamá. Foto por Cícero Pedrosa Neto/Amazonia Real 26/09/2020


La historia se repite una vez más: el sexto informe del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) -como los anteriores- evidencia, con más y mejores datos, la responsabilidad humana sobre el cambio climático, cada vez más grave e irreversible. Pero -salvo el clima- nada cambia de manera sustancial.

La ciencia ha hecho un trabajo invaluable en cuanto al diagnóstico de la crisis y la predicción del colapso. Sin embargo, no ha estado a la altura que exige esta gravedad a la hora de profundizar en este diagnóstico, particularmente en la identificación de las causas estructurales y responsabilidades que originan la crisis climática.

A estas alturas, es claramente insuficiente quedarse en estudios científicos que confirmen el carácter antropogénico del cambio climático o determinen responsabilidades por sectores genéricos de actividad económica, regiones o países del mundo, sin atreverse a señalar qué actores políticos o corporativos, qué políticas públicas o prácticas empresariales son las que de manera directa o indirecta, aislada o combinada, han provocado y profundizado la crisis global. Por cierto, esto requiere de un salto cualitativo en la interdisciplinariedad, que la ciencia ya dio hace tiempo en muchos ámbitos y a distintas escalas territoriales de investigación, así como de altos grados de autonomía política por parte de los centros y equipos de investigación.

No poner el foco científico en esta identificación de responsabilidades ha sido clave en el hecho de que no sólo no se haya enfrentado de manera efectiva el cambio climático, sino que éste se haya intensificado progresivamente, hasta alcanzar los límites catastróficos actuales.

La academia suele mantener distancia del discurso anti-sistémico y altamente politizado de los movimientos de justicia climática (“Cambiar el sistema, NO el clima”), pero, aun cuando establece un horizonte de acción de décadas para enfrentar la crisis climática, parece asumir que el sistema económico dominante y sus supuestos doctrinarios (rentabilidad privada, crecimiento económico, libre mercado, subsidiariedad estatal) forman parte de la “línea base” o -peor- de la “naturaleza incuestionable” del planeta. De esta manera, no sólo no considera a estos supuestos como parte del problema, sino que además se les reconoce como condiciones para las soluciones de la misma crisis, que de esta manera quedan en manos de los mismos actores predominantes del propio sistema (potencias económicas, corporaciones multinacionales, mayores fortunas, instituciones financieras internacionales).

Nadie podría pretender -tanto por lo infactible como inconducente- que la ciencia oficial haga un análisis integral y obtenga una conclusión lapidaria sobre la responsabilidad y los impactos del sistema capitalista, neoliberal y/o extractivista respecto de la crisis climática, pero resulta inexcusable que no investigue sobre aspectos centrales de este modelo. Por ejemplo:

  • ¿Cuál es el análisis cuantitativo y cualitativo que ha hecho la ciencia oficial respecto de la responsabilidad de los tratados y políticas de libre comercio en el cambio climático, tanto en lo referido a las emisiones como a la vulnerabilidad de los territorios?

  • ¿Por qué los compromisos de reducción de emisiones de los países se hacen respecto de la curva de emisiones asociada al crecimiento económico esperado? ¿Cuál es la hipótesis científica detrás de dicho criterio?

  • ¿Cuál es la evidencia científica de la efectividad de los mercados de carbono en la mitigación del cambio climático, expresado en la reducción de las emisiones y concentraciones globales de gases de efecto invernadero, y de su prioridad respecto de un enfoque normativo con apoyo estatal?

  • Los movimientos de justicia climática han puesto énfasis en que las alternativas deben estar basadas en la soberanía de los pueblos y los territorios. ¿Ha estudiado la ciencia oficial la diferencia -en cuanto a sus impactos climáticos- entre los sistemas agroalimentarios basados en agricultura campesina y la agroecología y aquellos basados en la agroindustria exportadora y los monocultivos a gran escala; o entre los sistemas energéticos basados en las mega-plantas de energía renovable y aquellos basadas en micro-redes de escala comunitaria?

  • ¿Por qué la ciencia no investiga e informa de manera exhaustiva e integrada los impactos de las eventuales soluciones? Por ejemplo, las plantaciones forestales -como bien sabemos en Chile- además de su potencial de mitigación como sumideros de carbono, tienen serios impactos ambientales asociados al deterioro del suelo (erosión, acidificación), la contaminación y el elevado consumo de agua -en zonas azotadas por la sequía-, con lo que aumentan la vulnerabilidad climática; impactos culturales y políticos, pues se han extendido sobre territorios ancestrales del pueblo mapuche; e impactos sociales, constituyendo zonas de alta concentración de la pobreza. Todos estos impactos, combinados con los de otros eslabones del ciclo productivo forestal (plantas de celulosa y bioenergía) se pueden encontrar por separado en distintas y múltiples investigaciones científicas.

Más allá de los científicos pagados en décadas pasadas por la industria petrolera, el cambio climático es el gran fenómeno global que atrae a todas las ramas de la ciencia y que muestra que no es ni puede ser neutral. Siempre responde a objetivos e intereses, poderosos o débiles, públicos o privados, legítimos o no. Y, claramente, la ciencia que trabaja al alero del sistema de Naciones Unidas -progresivamente cooptado por intereses de las grandes corporaciones multinacionales- no es la excepción. Ya veremos cómo la historia de las COPs (conferencias de las partes) climáticas se sigue repitiendo en Glasgow este noviembre, con discursos y acuerdos que no pasan de declaraciones de buena voluntad y finalmente se expresan en políticas nacionales e internacionales que robustecen al sistema y a los poderes que han generado la crisis planetaria.

Hoy, la esperanza de frenar el cambio climático o al menos reducir su impacto global, considerando sus efectos sinérgicos con el conjunto de males sociales, ambientales que genera el modelo insustentable de extracción, producción, consumo y acumulación material y económica, está principalmente radicada en las acciones que se impulsen desde los territorios por lo movimientos sociales y sus articulaciones internacionales, para incidir en las transformaciones reales y profundas que exige la supervivencia y recuperación de la vida en el planeta.

Y para esto es esencial una ciencia realmente comprometida con la sustentabilidad y la justicia socio-ambiental.